Después de cuatro viajes con mi cuñado, cuatro lagunas de memoria y marcas que aparecían en mi cuerpo sin explicación, le pregunté a mi esposo qué estaba pasando. Él sonrió: “Deja de imaginar cosas”. No volví a preguntarle. Esa misma noche guardé una grabadora secreta en mi bolso, y cuando escuché las palabras “no le dejes marcas”, supe que ambos habían cometido un error enorme.

PARTE 1

—Ya está dormida. Tráela, pero esta vez no le dejes ninguna marca.

Cuando escuché la voz de mi esposo en aquella grabación, sentí que algo dentro de mí se rompía para siempre.

Esa noche desperté en el asiento del copiloto del auto de mi cuñado, Mateo. Estábamos estacionados en el sótano del edificio donde vivía con Santiago, en San Pedro Garza García. Eran las 11:08 de la noche.

Yo había salido de la oficina a las 9:40.

El trayecto normalmente duraba menos de media hora.

Me dolía el cuello, tenía una punzada extraña en la cintura y una de mis medias estaba jalada a la altura de la rodilla. Lo que más me inquietó fue descubrir que el respaldo del asiento estaba mucho más inclinado de como yo lo había dejado.

Mateo no estaba dentro del auto.

Me quedé inmóvil unos segundos.

Aquello ya había ocurrido tres veces.

Siempre era igual.

Santiago decía que tendría una cena de negocios o una reunión con clientes, mandaba a su hermano por mí y Mateo aparecía con una botella de agua abierta.

—Toma, cuñada. Vienes muerta de cansancio.

Yo bebía.

Después, mis recuerdos desaparecían.

Al despertar, sentía el cuerpo pesado y adolorido.

Cuando se lo contaba a Santiago, se reía.

—Sofía, pasas diez horas sentada frente a una computadora. Te hace falta ejercicio.

Aquella explicación me había parecido razonable hasta que, después de la tercera vez, compré una pequeña grabadora y la escondí dentro de mi bolsa.

Esa noche finalmente tuve el valor de escucharla.

Primero oí mi voz agradeciendo el agua.

Luego silencio.

Diez minutos después, Mateo hizo una llamada.

—Ya se quedó dormida otra vez —dijo.

Y entonces escuché a Santiago.

A mi esposo.

Al hombre que dormía junto a mí.

—Perfecto. Tráela. Fernanda ya está aquí. Y no seas idiota: no le dejes marcas como la vez pasada.

Mateo soltó una risa nerviosa.

—Fue apenas un moretón.

—Pues apenas nos mete en problemas. Haz lo que te dije.

La llamada terminó.

Después escuché que el auto se detenía.

Una puerta se abrió.

Mi cinturón fue liberado.

El asiento comenzó a reclinarse.

Y Mateo murmuró:

—De verdad confías demasiado en nosotros, cuñada.

Se escuchó el roce de su mano contra mi ropa.

Apagué la grabadora.

No pude seguir.

Fui directamente al baño y cerré la puerta.

Frente al espejo bajé lentamente el cuello de mi blusa.

Debajo de la clavícula había una marca violácea que llevaba varios días atribuyendo a algún golpe que no recordaba.

Entonces comprendí algo todavía peor.

Santiago sabía exactamente lo que estaba pasando.

Quizá él mismo lo había organizado.

Pero había una frase que seguía golpeándome la cabeza.

“Fernanda ya está aquí”.

¿Quién era Fernanda?

Cuando salí del baño, Santiago estaba sentado frente al televisor como cualquier otra noche.

—¿Otra vez te quedaste dormida? —preguntó sonriendo.

Asentí.

Se acercó y me masajeó los hombros.

—Te lo dije, amor. Necesitas moverte más.

Yo también sonreí.

—Tienes razón.

Aquella noche dormí mirando hacia la pared, fingiendo tranquilidad mientras él respiraba a menos de un metro de mí.

A las tres de la madrugada abrí las notas de mi celular y escribí:

“Grabación. Botella de agua. Marca en el cuerpo. Cuatro episodios. Fernanda. Santiago sabe todo.”

Luego añadí:

“No voy a enfrentarlo todavía.”

Porque si Santiago creía que yo seguía siendo la misma esposa confiada, continuaría cometiendo errores.

Y yo necesitaba saber hasta dónde llegaba aquella pesadilla.

Lo que descubrí a la mañana siguiente fue tan monstruoso que la grabación terminó pareciéndome apenas el comienzo.

PARTE 2

Esperé hasta que Santiago salió rumbo a la oficina.

Luego entré a su despacho.

Durante dos años respeté aquel cuarto como si fuera territorio sagrado porque él siempre decía:

—Aquí tengo documentos delicados de la empresa.

Su familia era dueña de una compañía de importación y logística, y después de casarnos Santiago me había incorporado como accionista minoritaria mediante un acuerdo familiar.

También habíamos firmado capitulaciones y varios convenios privados.

Hasta aquella mañana jamás imaginé que esos papeles pudieran tener relación con lo que me estaba ocurriendo.

En un libro grueso encontré un recibo de farmacia.

Medicamento: zolpidem.

La receta estaba a nombre de Mateo.

La fecha coincidía con la semana en que comenzó a recogerme.

Sentí náuseas.

Seguí buscando.

Dentro de un sobre encontré estados de cuenta.

10 de marzo: transferencia de 180,000 pesos a Mateo.

Concepto: “servicios”.

14 de febrero: 60,000 pesos a Fernanda R.

15 de marzo: “estudios médicos”.

28 de marzo: “renta departamento”.

5 de abril: “gastos embarazo”.

Me quedé congelada frente a esa última palabra.

Embarazo.

En otro folder encontré fotografías impresas.

Santiago saliendo de una clínica privada junto a una mujer joven, embarazada, sosteniéndola de la cintura.

En la parte posterior alguien había escrito:

“Fernanda. Consulta. 12 de marzo.”

Ya no tenía una amante solamente.

Estaba esperando un hijo con ella.

Pero todavía faltaba entender por qué necesitaba drogarme.

La respuesta apareció en el último sobre.

Había correos impresos de un abogado.

Uno decía:

“Necesitamos evidencia suficientemente comprometedora para presionar la negociación. No depende únicamente de una acusación de infidelidad; el objetivo es que ella acepte retirarse del convenio accionario y firme la separación en condiciones favorables.”

Otro añadía:

“Las imágenes deben parecer espontáneas.”

Sentí que me faltaba aire.

Santiago no confiaba simplemente en presentarse ante un juez diciendo que yo lo había engañado.

Su plan era más sucio.

Quería fabricar fotografías y videos de mí con Mateo en un hotel mientras yo estuviera inconsciente.

Después me mostrarían las imágenes, amenazarían con exponerlas ante mi familia, socios y compañeros, y tratarían de convencerme de que nadie creería mi versión.

Querían avergonzarme hasta obligarme a firmar.

Y mientras yo desaparecía del camino, Santiago podría quedarse con Fernanda, proteger su posición dentro de la empresa y evitar una batalla por dinero y acciones.

Fotografié cada documento.

Guardé copias en una cuenta que Santiago desconocía.

Después fui a una clínica y pedí análisis explicando mis episodios de pérdida de memoria. El médico anotó todo en mi expediente y solicitó pruebas.

También contacté a Mauricio Salas, un investigador privado recomendado por una compañera de confianza.

Dos días después me envió las primeras fotografías.

Santiago entrando a un departamento en Valle Oriente.

Fernanda abriéndole la puerta.

Él besándola.

Su embarazo era evidente.

Esa misma noche, durante la cena, Santiago me sonrió con absoluta tranquilidad.

—Mañana voy a volver a salir tarde.

—¿Otra reunión?

—Sí. Mateo puede pasar por ti.

Bajé la mirada para ocultar lo que sentía.

—Perfecto.

Él incluso me tomó la mano.

—Sabía que entenderías.

Yo apreté sus dedos suavemente.

—Claro, amor.

El viernes preparé todo.

La grabadora.

Mi celular.

Una pequeña bolsa hermética.

Un rastreador que Mauricio podría seguir desde su vehículo.

Y una botella vacía para conservar una muestra de cualquier bebida que Mateo me ofreciera.

A las 9:42 de la noche, el auto apareció frente a mi oficina.

Mateo bajó la ventanilla.

—Sube, cuñada.

Me senté.

Cinco minutos después me entregó una botella abierta.

—Toma. Debes estar cansadísima.

Sonreí.

Bebí aparentemente un trago, pero conservé el líquido en la boca y lo escupí discretamente dentro de la bolsa cuando él miró hacia el tráfico.

Quince minutos después dejé caer la cabeza sobre el asiento.

—Sofía…

No respondí.

Mateo me llamó otra vez.

Nada.

Entonces escuché una llamada.

—Ya cayó —dijo.

La voz de Santiago respondió por el altavoz:

—Llévala al lugar de siempre. Esta noche necesitamos las fotos definitivas.

Sentí que me ardían los ojos, pero no me moví.

Casi cuarenta minutos después entramos al estacionamiento subterráneo de un hotel.

Mateo apagó el motor.

Escuché cómo se ponía unos guantes.

El asiento comenzó a reclinarse.

Y cuando sus dedos tocaron el primer botón de mi blusa, abrí los ojos.

Mateo se quedó blanco.

—¿Qué… qué estás haciendo despierta?

Levanté mi teléfono.

La cámara ya estaba grabando.

—Ahora vas a explicarme todo.

Y detrás del vidrio del auto apareció el destello de otra cámara.

Mateo miró hacia afuera.

Mauricio estaba allí.

En ese instante mi cuñado comprendió que no había llevado a una víctima dormida a una trampa.

Se había llevado a sí mismo.

PARTE 3

—Sofía, déjame explicarte.

Mateo levantó las manos.

Todavía llevaba puestos los guantes.

—No te acerques.

Mi voz salió mucho más tranquila de lo que imaginé.

Por dentro estaba temblando.

Pero llevaba días preparando aquel momento.

Mauricio permanecía a unos metros, grabando desde un ángulo donde podían verse el auto, Mateo y yo.

—Tengo la botella —le dije—. Tengo las grabaciones anteriores. Tengo fotografías de las marcas. Tengo las transferencias que te hizo tu hermano. Y tengo a un investigador grabándote después de traerme inconsciente, según tú, al estacionamiento de un hotel.

El rostro de Mateo cambió completamente.

Ya no parecía el joven arrogante que durante meses me llamaba “cuñada” con una sonrisa.

Parecía un niño atrapado después de hacer algo demasiado grande.

—Santiago me obligó.

Solté una risa sin humor.

—¿Te obligó a cobrarle 180,000 pesos?

Mateo bajó la mirada.

—Yo no sabía que iba a llegar tan lejos.

—Ya llegó demasiado lejos.

Saqué mi celular.

—Habla.

—¿Qué quieres que diga?

—Todo.

Mateo miró alrededor.

—Si hablo, mi hermano me mata.

—Si no hablas, en unos minutos vas a tener que hablar con la policía.

Eso terminó de romperlo.

Se dejó caer en el asiento del conductor.

—Fernanda está embarazada.

—Eso ya lo sé.

Me miró sorprendido.

—¿También sabes eso?

—Sé más de lo que imaginas.

Entonces comenzó a confesar.

Fernanda había conocido a Santiago durante un viaje de negocios a Guadalajara.

La relación llevaba casi un año.

Cuando quedó embarazada, le exigió que dejara de esconderla.

Santiago le prometió que se divorciaría antes del nacimiento del bebé.

El problema era que yo poseía una participación pequeña, pero importante, dentro de la empresa familiar.

No podía simplemente expulsarme.

Además, una separación conflictiva habría abierto preguntas incómodas sobre varios movimientos de dinero que Santiago había hecho desde cuentas corporativas.

Así que consultó a un abogado.

Necesitaba que yo firmara un acuerdo.

Pero sabía que, en condiciones normales, jamás aceptaría renunciar a todo.

Por eso decidió destruirme primero.

—La idea era tener fotos tuyas conmigo —admitió Mateo—. Nada demasiado claro al principio. Tú dormida, yo abrazándote… después otras más comprometedoras.

Sentí ganas de vomitar.

—¿Y las marcas?

Mateo cerró los ojos.

—Eso fue culpa mía.

—Mírame.

No quiso.

—¡Mírame!

Finalmente levantó la cabeza.

—Santiago decía que solamente acomodara tu cuerpo para las fotos. Pero algunas veces… me aproveché.

Tuve que apretar los dientes.

No quería llorar frente a él.

No allí.

—¿Cuántas veces?

—Cuatro.

Las mismas cuatro veces que yo había despertado adolorida.

—¿Santiago lo sabía?

Mateo tardó demasiado en responder.

—La segunda vez vio una marca y me reclamó.

—Pero siguió mandándote por mí.

—Sí.

Aquella palabra terminó de destruir cualquier resto de duda.

Mi esposo sabía que su hermano había cruzado límites conmigo.

Y en lugar de detenerlo, solamente había ordenado que fuera más cuidadoso.

—¿Qué pensaban hacer hoy?

Mateo respiró profundamente.

—Tomar fotos aquí. Luego Santiago iba a confrontarte mañana. Quería decirte que llevaba meses sospechando de nosotros. Después te enseñaría las imágenes y te diría que si no firmabas el acuerdo, enviaría todo a tus papás y al consejo de administración.

—¿Fernanda sabía?

—No todo.

—¿Qué le contó?

—Que tú eras inestable. Que bebías mucho. Que habían intentado separarse, pero tú lo amenazabas con destruir la empresa.

Sentí una extraña calma.

Hasta su amante había recibido una versión fabricada de mí.

Todo el mundo necesitaba creer que Santiago era la víctima.

Guardé el teléfono.

—Quiero que repitas lo que acabas de decir frente a Mauricio.

Mateo empezó a llorar.

—Sofía, yo te pido perdón.

—No quiero tu perdón.

—Mi hermano siempre me ha mantenido. Me paga el departamento, el coche…

—Eso explica por qué obedeciste. No lo justifica.

Mauricio se acercó.

Mateo volvió a contar la historia, esta vez mirando directamente a la cámara.

Cuando terminamos, salí del estacionamiento acompañada por Mauricio.

Él me aconsejó no regresar sola.

Yo tenía otro plan.

Necesitaba mirar a Santiago a los ojos una vez más.

Pero antes fuimos con mi abogada, Verónica.

Llevaba días compartiéndole copias de cada documento.

Cuando escuchó la confesión de Mateo, dejó el celular sobre su escritorio.

—Esto ya no es simplemente un divorcio.

—Lo sé.

—No firmes nada que Santiago te ponga enfrente. No lo amenaces con publicar material. No negocies sola con él. Vamos a documentar todo y presentar la denuncia correctamente.

Asentí.

Eso era exactamente lo que quería escuchar.

No buscaba una escena de venganza que después pudiera volverse contra mí.

Quería consecuencias reales.

Aquella noche regresé al departamento.

Santiago estaba sentado en el sofá.

Al verme entrar, se levantó.

—¿Qué pasó? Mateo me llamó y dijo que hubo un problema.

Me quedé observándolo.

Qué increíble era descubrir que una cara podía seguir siendo la misma y, al mismo tiempo, pertenecer a un desconocido.

Decidí actuar.

Me cubrí la cara y empecé a llorar.

—Tu hermano intentó aprovecharse de mí.

Santiago abrió los ojos.

—¿Qué?

Me abrazó.

Tuve que controlar todo mi cuerpo para no apartarlo.

—Me llevó a un hotel.

—¡Ese desgraciado!

Actuaba tan bien que por un instante comprendí cómo había logrado engañarme durante años.

Se separó de mí.

—Voy a hablar con él.

—No.

—Sofía, es mi hermano.

—Precisamente por eso quiero que estés aquí conmigo.

Me miró unos segundos.

Vi miedo.

No preocupación.

Miedo.

—¿Recuerdas todo lo que pasó? —preguntó.

Ahí estaba.

La pregunta que necesitaba escuchar.

No preguntó si Mateo me había lastimado.

No preguntó dónde estaba.

No preguntó si necesitaba un médico.

Preguntó cuánto recordaba.

Bajé la mirada.

—No mucho. Tengo partes borrosas.

Su cuerpo se relajó.

Fue apenas un movimiento.

Pero lo vi.

Me acarició el cabello.

—Seguramente fue el estrés. Descansa. Mañana pensamos qué hacer.

Esa noche dormí con la puerta cerrada y Mauricio estacionado afuera del edificio.

A las nueve de la mañana llegaron Verónica y otro abogado de su despacho.

Santiago apareció en la sala usando una camiseta y pantalón deportivo.

—¿Qué hacen aquí?

Me senté frente a él.

Sobre la mesa coloqué tres carpetas.

Por primera vez ya no necesitaba fingir.

—Siéntate, Santiago.

Él no lo hizo.

—¿Qué significa esto?

Encendí la grabación.

La voz de Mateo llenó la sala.

“Ya está dormida otra vez.”

Después apareció la voz de Santiago.

“Tráela. No le dejes marcas.”

Su cara perdió color.

Apagué el audio.

—También tenemos la confesión de Mateo de anoche.

Silencio.

Coloqué sobre la mesa las fotografías de los estados de cuenta.

—Ciento ochenta mil pesos para tu hermano.

Después, las transferencias a Fernanda.

—Renta. Estudios médicos. Gastos del embarazo.

Santiago tragó saliva.

Coloqué las fotografías tomadas por Mauricio.

Él besando a Fernanda afuera del departamento.

—Y, por último, tus correos con el abogado donde planeabas presionarme con imágenes fabricadas para que renunciara a mis acciones.

—Sofía…

—Todavía no termino.

Saqué la copia del expediente médico.

—Hay constancia de mis episodios de pérdida de memoria y de que acudí a revisión antes de la última trampa.

Luego mostré la botella que Mateo me había dado.

—Esto se entregará para análisis.

Santiago se sentó.

No porque yo se lo ordenara.

Porque sus piernas dejaron de sostenerlo.

—Puedo explicarlo.

—Eso mismo dijo tu hermano.

—Fue idea suya.

Solté una carcajada.

—Mateo tiene tus depósitos. Tus llamadas. Tus instrucciones.

Santiago comenzó a llorar.

—Me equivoqué.

—No.

Me acerqué a la mesa.

—Equivocarse es olvidar un aniversario. Equivocarse es decir algo cruel durante una discusión. Tú planeaste durante meses drogarme, utilizar a tu hermano, humillarme y hacerme creer que yo estaba perdiendo la memoria por cansancio.

—Yo jamás permití que te hiciera daño.

—Le dijiste que no dejara marcas.

Santiago se quedó en silencio.

No había respuesta posible.

Verónica intervino.

—A partir de este momento, cualquier comunicación relacionada con la separación será por medio de nuestro despacho. También se presentarán las acciones correspondientes por la posible administración de sustancias sin consentimiento y los demás hechos documentados.

Santiago me miró.

—Sofía, por favor. Tenemos dos años de matrimonio.

—Tú los cambiaste por una estrategia.

—Podemos arreglarlo.

—Eso también lo cambiaste por una estrategia.

Me levanté.

—Recoge solamente tus cosas personales. El resto se revisará legalmente.

Por primera vez perdió la calma.

—¡También es mi casa!

—Y nadie está diciendo lo contrario. Por eso están aquí los abogados. Ya no vas a manipularme a solas.

Se quedó mirando las carpetas.

Toda su seguridad había desaparecido.

Horas después abandonó el departamento voluntariamente para quedarse en otro lugar mientras los abogados acordaban medidas provisionales.

La denuncia siguió su curso.

No hubo una escena mágica donde alguien fuera condenado en veinticuatro horas.

La realidad fue más lenta.

Declaraciones.

Peritajes.

Análisis.

Abogados.

Preguntas que me hacían repetir momentos que yo habría preferido olvidar.

Pero cada vez que sentía deseos de rendirme, recordaba la voz de Santiago:

“No le dejes marcas.”

Y continuaba.

Mateo decidió colaborar.

Su abogado sabía que existían demasiadas pruebas.

Entregó conversaciones, recibos y mensajes donde Santiago le indicaba cuándo recogerme y cuánto medicamento debía poner en el agua.

También reconoció que varias veces había tocado mi cuerpo sin mi consentimiento.

Escuchar aquella declaración fue una de las experiencias más humillantes de mi vida.

Pero también fue el momento en que dejé de preguntarme si quizá yo estaba exagerando.

No.

Había sucedido.

Yo no estaba loca.

Yo había sido engañada deliberadamente.

Una semana después llamé a Fernanda.

Al principio no quiso escucharme.

—Santiago me dijo que eres obsesiva —respondió—. Que llevaban meses separados emocionalmente.

—Entonces pregúntale por qué necesitaba drogarme para conseguir el divorcio.

Hubo silencio.

Le envié solamente dos cosas.

Una fotografía de una transferencia a Mateo.

Y el fragmento de audio donde Santiago daba instrucciones.

Fernanda me llamó veinte minutos después llorando.

—Me dijo que tú tenías un problema con medicamentos.

Cerré los ojos.

Hasta eso había preparado.

—No tengo nada contra ti —le dije—. Pero cuida lo que firmas y lo que crees.

Ella terminó su relación con Santiago pocos días después.

No sé qué ocurrió entre ellos posteriormente.

Tampoco quise saberlo.

Yo tenía mis propios problemas.

Durante la revisión de las cuentas empresariales apareció otro desastre.

Parte del dinero usado para pagar el departamento de Fernanda, a Mateo e incluso algunos gastos legales había salido de cuentas relacionadas con la compañía.

El consejo pidió una auditoría.

Santiago intentó justificarlo como anticipos y gastos de representación.

No pudo.

Fue apartado temporalmente de decisiones financieras mientras se investigaban los movimientos.

Mis acciones nunca desaparecieron.

Al contrario.

Lo que él había querido obligarme a entregar terminó convirtiéndose en la razón por la que otros socios comenzaron a revisar cada cosa que él había hecho.

Meses después logramos cerrar el divorcio mediante un acuerdo revisado por ambas partes y sin renunciar yo a derechos que me correspondían.

No fue la victoria cinematográfica que algunas personas imaginan.

No hubo aplausos.

No salí de un tribunal mientras alguien me entregaba una corona.

Salí agotada.

Había perdido peso.

Dormía mal.

Durante semanas no pude aceptar una botella abierta de nadie.

Si un automóvil detenía el motor en un estacionamiento subterráneo, mi corazón comenzaba a golpearme el pecho.

Pero estaba libre.

Tiempo después vendí voluntariamente una parte de mi participación empresarial y conservé otra.

Con ese dinero compré un departamento más pequeño.

Nada de pisos enormes ni ventanales de revista.

Dos recámaras.

Una cocina luminosa.

Un balcón desde donde se veían las montañas cuando el cielo de Monterrey estaba despejado.

La primera noche allí compré una mesa plegable, una pizza y una botella de agua.

La abrí yo misma.

Ese gesto tan sencillo me hizo llorar.

No por tristeza.

Por control.

Durante mucho tiempo Santiago había conseguido que yo desconfiara de mi propio cuerpo.

Me decía que los dolores eran imaginación.

Que la somnolencia era agotamiento.

Que mi incomodidad con Mateo era sensibilidad exagerada.

Cada explicación parecía pequeña.

Razonable.

Inofensiva.

Hasta que todas juntas formaron una jaula.

Un año después volví a conducir de noche.

Antes evitaba hacerlo.

Aquella tarde manejé desde Monterrey hasta Santiago, Nuevo León, para visitar a una amiga.

Cuando regresé, la carretera estaba oscura y las luces de los autos pasaban a mi lado.

Por un momento recordé aquellos viajes en los que despertaba sin saber dónde había estado.

Apreté el volante.

Pero esta vez yo conocía el camino.

Yo había elegido salir.

Yo había elegido regresar.

Yo decidía dónde detenerme.

Al estacionarme frente a mi edificio permanecí unos segundos dentro del auto.

Después sonreí.

Pensé en la Sofía que una vez se había mirado al espejo preguntándose si estaba siendo paranoica.

Quise abrazarla.

Quise decirle que su cuerpo había intentado advertirle antes de que su mente estuviera preparada para aceptar la verdad.

Desde entonces aprendí algo que jamás he olvidado:

El peligro no siempre llega gritando.

A veces prepara tu café.

Te pregunta cómo estuvo tu día.

Te besa antes de salir a trabajar.

Y después consigue que dudes de ti misma para que nunca dudes de él.

Por eso, si alguna vez alguien intenta convencerte una y otra vez de que lo que sientes no importa, escucha también esa pequeña voz dentro de ti que insiste en que algo no está bien.

Yo tardé cuatro viajes, varias noches sin memoria y una grabadora escondida en mi bolsa para escucharla.

Pero cuando finalmente lo hice, recuperé mucho más que mi matrimonio perdido.

Recuperé mi propia voz.

Y esa fue la única parte de mi vida que Santiago nunca volvió a controlar.

A veces todavía me pregunto qué habría ocurrido si aquella noche no hubiera encendido la grabadora.

Pero hay otra pregunta que me parece mucho más importante: