Leí el mensaje dos veces.
Ya encontraste el nombre equivocado.
Adrian tomó mi teléfono.
—No respondas.
—No pensaba hacerlo.
Sophie se acercó.
—¿Otra vez el mismo número?
Asentí.
Graham se volvió desde la ventana.
—¿Qué dice?
Adrian le mostró la pantalla.
Mi padre se quedó inmóvil.
—¿Quién sabe lo que estamos haciendo?
—Eso intentamos descubrir —respondió Adrian.
Mi madre se sentó.
—¿Podría ser una amenaza vacía?
—Sí —dijo Adrian—. También podría ser información.
Sophie frunció el ceño.
—¿Cómo puede ser ambas cosas?
—Porque quien lo envió quiere que sigamos buscando, pero por el camino que ellos decidan.
Aquello me inquietó.
—Entonces ¿qué hacemos?
—Nada por ahora.
Graham soltó una risa amarga.
—¿Nada?
—Precisamente.
Adrian guardó el teléfono.
—Si respondemos, confirmamos que seguimos leyendo.
—¿Y si dejamos de buscar?
—No.
Me miró.
—Seguimos. Solo dejamos de anunciarlo.
Aquella noche regresé con Adrian a nuestro apartamento.
Sophie decidió quedarse con mi madre.
Graham permaneció en su despacho.
Antes de salir, me miró.
—Clara.
Me detuve.
—¿Sí?
—Lo siento.
No añadió nada.
Yo tampoco.
No sabía si estaba preparado para pedir perdón por todo.
Yo tampoco estaba preparada para aceptarlo.
En el automóvil, Adrian condujo en silencio.
—¿Estás pensando en Seattle? —pregunté.
—Sí.
—Yo también.
—¿Y?
Miré por la ventana.
—Quizá necesitemos irnos.
Adrian no pareció sorprendido.
—¿Por qué?
—Porque quiero que nuestra primera gran decisión como pareja no tenga nada que ver con mi padre.
—Entonces puede ser una buena razón.
Llegamos a casa.
Me quité el abrigo.
Adrian dejó las llaves.
Por primera vez en días, no había documentos sobre la mesa.
Solo una lámpara encendida y una taza que había olvidado lavar.
La normalidad me pareció casi preciosa.
—Quiero dormir —dije.
—Hazlo.
Pero antes de acostarme, revisé mi teléfono.
Había otro mensaje.
Esta vez no era una amenaza.
Era una fotografía.
Mostraba un sobre antiguo.
En la esquina aparecía una fecha.
La misma semana en que me casé.
Debajo había una nota.
Tu padre no era el único que quería mantenerte lejos.
Sentí un frío profundo.
Adrian leyó.
—¿Qué significa?
—No lo sé.
—¿Reconoces el sobre?
Negué.
La fotografía mostraba una dirección.
Era la antigua oficina de la Fundación Hart.
—Eso estaba cerrado cuando me casé.
—¿Quién lo recibió?
No lo sabía.
A la mañana siguiente llamamos a Sophie.
Llegó en menos de una hora.
Traía una copia de un registro de visitantes.
—Lo encontré en los archivos.
Buscó una fecha.
La misma semana.
Había tres nombres.
Graham.
Marian.
Peter.
Y uno más.
El mío.
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
—Yo no estuve allí.
—Lo sé —dijo Sophie.
Adrian tomó el registro.
—¿Quién escribió su nombre?
Sophie señaló la firma.
—No lo sé.
La firma no era exactamente igual a la mía.
Pero alguien había intentado imitarla.
—Entonces alguien quería crear un registro de que Clara estaba allí —dijo Adrian.
—¿Para qué?
No respondió.
Revisó la siguiente página.
—¿Qué ocurrió ese día?
Sophie consultó otro documento.
—Hubo una reunión.
—¿Entre quiénes?
—Graham, Marian y Peter.
—¿Sobre qué?
Sophie pasó otra página.
—Una transferencia.
El mismo fondo.
La misma cuenta.
El mismo periodo.
Pero esta vez apareció una cifra diferente.
Adrian levantó la mirada.
—Esto no coincide con los registros bancarios.
—¿Qué significa?
—Que falta dinero.
Graham llegó poco después.
Cuando vio los documentos, su rostro cambió.
—No.
—¿Qué? —pregunté.
—Esa reunión nunca ocurrió.
Sophie señaló el registro.
—Aquí dice que sí.
—No.
—Tu nombre también aparece.
—Lo sé.
—Entonces alguien falsificó todo.
Graham tomó asiento.
—Yo estaba fuera del país esa semana.
Adrian levantó la cabeza.
—¿Dónde?
—Londres.
—¿Puedes demostrarlo?
—Sí.
—Entonces necesitamos los registros.
Graham sacó su teléfono.
—Los conseguiré.
Adrian lo detuvo.
—No.
Mi padre lo miró.
—¿Otra vez?
—No quiero que nadie dentro de la empresa sepa exactamente qué estamos buscando.
Graham guardó el teléfono.
—De acuerdo.
Sophie revisó otro documento.
—Hay algo más.
Nos mostró una transferencia posterior.
El dinero había terminado en una cuenta vinculada a una empresa registrada a nombre de Margaret Bell.
Pero había una diferencia.
La fecha.
Era anterior a que Marian utilizara ese apellido.
Mi madre frunció el ceño.
—¿Qué significa?
Adrian miró el documento.
—Que quizá estamos persiguiendo a la persona equivocada.
—¿Entonces quién es Margaret Bell? —pregunté.
Graham permaneció inmóvil.
—No lo sé.
Mi madre lo miró.
—Graham.
Él negó con la cabeza.
—No la conozco.
Adrian levantó el teléfono.
—Yo sí conozco el nombre.
Todos lo miramos.
—¿Quién es? —preguntó Sophie.
Adrian abrió un archivo.
—Margaret Bell fue accionista de una empresa que asesoró a la Fundación Hart hace más de una década.
Graham palideció.
—Eso es imposible.
—¿Por qué?
—Porque esa empresa pertenecía a la madre de Marian.
El silencio fue absoluto.
Sophie cerró los ojos.
—Entonces no empezó con Marian.
Adrian negó.
—No.
—¿Con su madre?
—Probablemente antes.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—¿Cuánto tiempo lleva esto?
Graham no respondió.
Mi madre lo hizo.
—Quizá desde antes de que Clara naciera.
Miré a mi padre.
—¿Qué quieres decir?
Él bajó la mirada.
—Había una cuenta antigua.
—¿Qué cuenta?
—Una cuenta que tu abuelo abrió.
La habitación pareció hacerse más pequeña.
—¿Y qué tenía que ver conmigo?
Graham levantó la vista.
Su expresión había cambiado por completo.
—Todo.
No entendí.
—¿Qué significa eso?
Mi padre abrió la boca.
Antes de que pudiera hablar, el teléfono de Adrian sonó.
Era un número desconocido.
Contestó.
—¿Sí?
Escuchó.
Su rostro se volvió serio.
—¿Quién es?
Pausa.
—¿Cómo consiguió este número?
Otra pausa.
Adrian miró hacia mí.
—¿Qué quiere?
Escuchó durante varios segundos.
Después terminó la llamada.
—¿Quién era? —pregunté.
Adrian no respondió inmediatamente.
Miró a Graham.
Luego a mi madre.
Finalmente a Sophie.
—Alguien que dice conocer la historia completa.
—¿Qué historia?
Adrian sostuvo mi mirada.
—La de la cuenta de tu abuelo.
Mi padre se puso de pie.
—No.
—¿Qué?
Graham negó con la cabeza.
—No puede estar vivo.
La frase cayó sobre nosotros.
Sophie palideció.
Mi madre se llevó una mano a la boca.
Yo miré a Graham.
—¿Quién?
Mi padre respondió con una voz casi inaudible.
—Daniel Mercer.
END PARTIE 12
Cliquez ici pour continuer la lecture : PARTIE 13 : El hombre que todos creíamos muerto apareció con una verdad capaz de destruir la historia que mi padre había protegido durante décadas
El agua helada no fue lo peor aquella noche; lo peor fue descubrir cuántas personas podían reír mientras yo intentaba mantenerme de pie
Part 12 of 15
